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martes, febrero 12

Reposo en la habitación nº 34


Con paso silencioso andaban por la alfombrilla del estrecho pasillo. Pantallas de vidrio lechoso difundían una luz pálida. Las paredes brillaban, blancas y duras, recubiertas de una pintura al aceite parecida a la laca. Apareció una enfermera, con su bonete blanco, llevando sobre la nariz antiparras cuyo cordón le pasaba por detrás de la oreja. Era, al parecer, una hermana protestante, sin vocación verdadera para su oficio, curiosa, agitada y afligida por el aburrimiento. En dos lugares del pasillo, en el suelo, había unos grandes recipientes en forma de globo, panzudos, de corto cuello, sobre cuyo destino Hans Castorp se olvidó de informarse.

- ¡Aquí está tu habitación! - dijo Joachim -. Número 34. A la derecha está mi cuarto y a la izquierda hay un matrimonio ruso, un poco descuidado y ruidoso, a quien ya conocerás. Pero no había la posibilidad de arreglar las cosas de otro modo. ¡Bien! ¿Qué te parece?

La puerta era doble, con perchas para vestidos en el hueco interior. Joachim había encendido la lámpara del techo y a su luz indecisa la cámara apareció alegre y limpia, con sus muebles blancos; sus cortinajes del mismo color, gruesos y lavables; su linóleo limpio y brillante y las cortinas de hilo adornadas con bordados sencillos y agradables, de gusto moderno. El balcón estaba abierto, tras él se veían las luces del valle y de fuera llegaba una lejana música de baile. El buen Joachim había colocado algunas flores en un pequeño búcaro, sobre la cómoda; lo que había podido encontrar en la segunda floración de hierba: un poco de aquilea y algunas campánulas, cogidas por él mismo en la vertiente.

- Eres muy amable - dijo Hans Castorp -. ¡Qué habitación más elegante! Con mucho gusto me quedaré aquí algunas semanas…

Thomas Mann
La Montaña Mágica

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