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lunes, abril 27

El Ilustrado

Entre los suizos más célebres se encuentra Jean-Jacques Rousseau, nacido el 28 de junio de 1712 en el número 40 de la Grand Rue, en el seno de una familia económicamente modesta y de religión calvinista. Su madre murió a los nueve días de su nacimiento y su padre, relojero, aficionado a la música y bailarín, tuvo que huir de Ginebra por una disputa con un militar, confiando su hijo al pastor Lambercier hasta 1724, fecha en la que Rousseau comenzó a trabajar en diferentes oficios y en diferentes ciudades, llevando una vida errante y azarosa.

En Annecy, en la Saboya, fue acogido por un clérigo, que lo recomendó Mme. de Warens, con quien estableció una compleja relación que con el tiempo se transformó en amorosa y apasionada. Allí pasó diez años de lecturas, estudios, viajes, rupturas y regresos a hasta que rompió de manera definitiva con ella. En 1742, llegó a Paris y dos años más tarde trabó amistad con Diderot y los enciclopedistas, contribuyendo a la creación de la Enciclopedia. Fue en esa época cuando conoció a Thérèse Levasseur, una mujer analfabeta con quien tuvo cinco hijos y con la que finalmente se casó.

Rousseau, librepensador y autor del Contrato Social fue un importante referente de la Revolución Francesa, ya que aunque murió en 1778, antes de iniciarse, sus ideas contribuyeron a promoverla y han influido largamente en la historia política europea.

El fundamento de su filosofía parte de que el hombre es naturalmente bueno y que es la civilización quien lo echa a perder. Otras ideas básicas de su pensamiento son su defensa del libre albedrío, su rechazo a la doctrina del pecado original y su convicción de que se aprende más mediante la experiencia que con el análisis teórico.

En el Emilio, escrito en 1762, expuso una nueva teoría de la educación, y sostuvo que para que un niño creciese de manera equilibrada, era imprescindible dar más importancia a la expresión que la represión. Estas ideas, tan poco convencionales para la época, no le granjearon muchas simpatías ni en Francia ni en su ciudad natal, a la que había regresado, y provocaron su huída a Inglaterra, donde fue amparado por el filósofo escocés David Hume, aunque no tardaron en enemistarse. Regresó a Francia en 1768, bajo el nombre falso de Renou, y en 1770 terminó su obra autobiográfica Confesiones (1782), en la que reveló los intensos conflictos morales y emocionales de su vida. Murió el 2 de julio de 1778 en Ermenonville, Francia.

Ginebra le ha dedicado una isla en la desembocadura del Ródano, a la que se accede desde el Pont des Bergues. Es lo menos que podía hacer por quien, a pesar de que se pasó la vida huyendo de ella, tenía a gala apostillar su firma con la expresión 'ciudadano de Ginebra', no sólo para distinguirse de los franceses que eran súbditos de un rey, sino también para confirmar su lealtad a los valores políticos de la pequeña república fundada por Calvino.

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